Control

Se supone que el control es “bueno”, ya que es una herramienta habitual de supervisión. Se controlan los horarios, cómo se realizan las tareas, si estás o no estás en el trabajo o en clase, Hacienda controla a las y los contribuyentes para que paguemos los impuestos… 

En fin, se supone que, para ser una madre o un padre responsable, tienes que ser controladora o controlador, que para ser una buena jefa o jefe tienes que controlar a tus trabajadores.

Pero hay un matiz, cuando controlamos de una manera más profunda. En ese caso lo que hacemos es transmitir el mensaje de “no confío en ti”, “no creo que puedas ser responsable”, “esto hay que hacerlo como yo digo” – y esta actitud, esta forma de actuar, puede provocar tanto la resistencia como la sumisión.

La resistencia se puede producir de muchas maneras: las personas se rebelan, desobedecen y se saltan las reglas a la menor oportunidad. Por ejemplo, en el caso de las mascarillas, una persona a la que el excesivo control le provoque resistencia, se la va a quitar en cuanto tenga oportunidad y piense que nadie le ve. O incluso lo hará aunque la vean, llegando incluso al enfrentamiento y a la detención. Aquí influye también la necesidad psicológica fundamental de la libertad, de la que hablamos en los seminarios y grupos de apoyo.

Las personas que se someten se abandonan al control, esperan instrucciones, no tienen iniciativa, ceden la responsabilidad a otras personas o instituciones, participan poco y no suelen ser proactivas.

Tanto las que se someten como las que se resisten, sienten el control como algo pesado, como algo desagradable, como algo limitante. Y por ello, no suelen comprometerse, ni con lo que se hace ni con los resultados.

Tanto si hablamos de control en el ámbito laboral, como en el ámbito familiar, el control está en el lado opuesto de la responsabilidad y el compromiso. 

Y la responsabilidad y el compromiso necesitan basarse en la confianza.

Pero generar un ambiente de confianza no es un trabajo fácil para alguien que suele controlar en exceso, porque antes debería realizar un cambio profundo en el que entienda que, por mucho que intente controlar diferentes aspectos de la vida, de la convivencia, del trabajo, en realidad es muy complejo que pueda controlar gran cosa.

Solemos necesitar el control para creer que estamos seguras y seguros en el mundo. Y, como hemos visto y estamos viendo últimamente, la vida está llena de imprevistos y de variables que no podemos controlar, que se nos escapan.

Así, la intensidad de la fuerza que empleamos en intentar controlar las situaciones, la vida, es la misma intensidad con la que sentimos la angustia de no estar lográndolo, hasta el punto en el que, cuando queremos controlar tanto, el control nos acaba controlando.

¿Qué podemos hacer? “Be water, my friend”. Soltar. Sé que se dice rápido, y que conseguirlo es mucho más difícil que decirlo, pero podemos trabajarnos para relajarnos, para fluir, para empatizar, para improvisar, para sentirnos cómodas y cómodos con fluir un poco más y controlar un poco menos.